miércoles, 31 de marzo de 2010

Perderse para Encontrarse

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Plegaria

Venerado Hermes,
divino maestro,
guía de las almas,
bondadoso señor,
toma mi mano temblorosa,
escucha el sórdido lamento
de quien implora tu ayuda.
Llévame hacia el interior del bosque,
te lo ruego.
Abandóname,
desnudo e indefenso.
Búrlate de mis despojos.
Hazme víctima de una broma sagrada.
Ayúdame a perderme,
si me he de volver a encontrar.
Ayúdame a olvidar,
porque en el olvido de lo efímero
mora el recuerdo de lo eterno;
y quien se olvida de las formas,
destruyendo su morada terrenal
vuelve a recordarse a sí mismo,
comprende que nada puede ser
sino por medio de lo Uno,
Supremo, Infinito, Innombrable,
Aquello que realmente Es.
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Toma mi mano,
divino maestro,
y ayúdame a perderme.


Sahaquiel


 
Publicado en Astrum In Homine, Página del autor.

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martes, 9 de marzo de 2010

La Intangible Belleza de Kore

Kore. Museo Arqueológico de Atenas, Grecia/ΕΛΛΑΣ

El Museo Arqueológico de Atenas, Grecia, es impresionante. Toda la memoria cultural de la Grecia antigua está contenida en él, incluso hay piezas de lo que no hay ni memoria.


Hoy me quiero detener en la figura, a tamaño natural, de una de las Kore, arquetipo de la mujer joven, que allí hay. Me refiero a la Kore que apareció en la necrópolis de Merenda, lugar cercano a Atenas, y que está alojada en el centro de una de las salas dedicadas al “periodo arcaico”, según la terminología museística.

Todas las Kore llevan el pelo suelto, en bucles, y unos mechones cayendo sobre los hombros a uno y otro lado de la cabeza. Ese es uno de los símbolos que identifican a esta deidad, es decir, a la diosa joven, la muchacha, la doncella que aún no tiene marido; por eso estas estatuas se realizaban para distinguir la tumba de alguna joven fallecida antes del matrimonio, como es el caso de ésta que se hizo para Phrasikleia.

Por el donaire con el que coge su vestido y la caída que éste tiene a lo largo del esbelto cuerpo, se diría que el escultor más que piedra de mármol hubiera tenido entre las manos resina del bosque sagrado de Dodona, o tal vez cera del monte Himeto, materias que fácilmente se ablandan bajo los dedos cálidos del artista.

Enseguida vemos que estamos ante la talla de un refinado cincelador, si bien no podemos olvidar que la característica principal del arte tradicional es que éste es arquetípico y por lo tanto siempre es una imitación de cosas invisibles, que en verdad carecen de apariencia física, aunque puedan tomar las facciones de un modelo o una persona principal.

Si nos acercamos a observar el traje de esta Kore, advertimos que en él hay esculpidos pequeños símbolos geométricos, como esvásticas, el sol, alguna estrella, unos rosetones… Son dibujos tipo naif, sencillos y simples pero claramente geométricos, nada que ver con lo que sería un adorno.

Eso me lleva a pensar en Deméter y su hija Kore (también escrito Coré), ambas diosas de los misterios de Eleusis, de los que se hizo heredero Pitágoras, Platón y los neo-platónicos, es decir la Tradición Hermética. Pienso en los enigmas que aquí hay expresados y que hoy en día aunque están expuestos a la vista de todos pasan completamente desapercibidos a la mayoría.

En este sentido recuerdo aquello que dice Pico de la Mirandola en su Discurso sobre la dignidad del Hombre donde recoge parte del Asklepio y defiende que la Verdad única, revelada a la humanidad a través de los textos cabalísticos, árabes, cristianos, platónicos y herméticos, no están al alcance de todos, y es más, que conviene

“mantener estas cosas escondidas al vulgo y hacerlas accesibles a los perfectos, entre los cuales dice Pablo que la sabiduría habla, no fue producto de una decisión humana, sino una orden divina. Y esta costumbre de los antiguos filósofos la siguieron de una forma muy escrupulosa. Pitágoras no escribió nada, sino unas pocas letras que al morir encomendó a su hija Dama. Las esfinges esculpidas en los templos de los egipcios hacían la advertencia de que se debían guardar los dogmas místicos libres de la violación de la multitud profana, a través de los nudos de los enigmas”.

Dichos misterios permanecen refugiados en el mito y en el símbolo y todas las formas iniciáticas los conservan de un modo u otro para que puedan ser despertados por aquel que consiga hacerlos germinar en su interior, como indica el tierno loto, aun cerrado, que esta Kore sostiene cerca del pecho, y que anuncia, asimismo, su paso de niña a mujer.

Kore es la energía de la juventud y del ímpetu de todo lo que irrumpe en la vida. Diosa que quiere agradar, la encantadora, la de los ojos brillantes y miradas incitadoras, la de los cantos alegres, la lozana, la verdadera, la que no necesita artificio. Aquella a la que le gusta adornar su cabello con una cinta de colores, o una diadema de flores.

Precisamente cuenta la leyenda de los Misterios de Eleusis que Perséfone Kore, la hija de Deméter, se hallaba recogiendo un ramillete de flores en el campo cuando se alejó demasiado y el dios del inframundo, no pudiendo retraerse ante su gracia, la arrastró a su reino, del que no pudo salir; coronándola allí como esposa.

Durante nueve días y nueve noches la buscó Deméter desconsoladamente, implorando a Zeus por su hija. Los lamentos y amenazas de Deméter de abandonar la Tierra dejando que ésta, sin su presencia, quedara exhausta y yerma como su propio y afligido corazón, si no tenía pronto a Perséfone con ella, dieron resultado. Pues Hades, el rey de las tinieblas, ante el desgarro de la madre y por atender la petición del propio Zeus, aceptó devolver a Kore -la joven Perséfone-nuevamente a la luz, pero sólo una mitad del año, mientras que la otra mitad la joven diosa tendría que volver al reino del esposo, en las entrañas de la Tierra.

Deméter no tuvo más remedio que aceptar el trato, quizá incluso pensando en no cumplir la promesa de devolver a la hija una vez la tuviera cerca; pero seguramente porque “los misterios del amor son también los de la muerte”, el rey del inframundo se aseguró en dar a Perséfone la dulzura de su amor en forma de unos granos del fruto de la granada, para asegurarse de ese modo el regreso periódico de la amada.

Con este mito sagrado los pueblos del Mediterráneo explicaron la desaparición de la semilla y su regreso a la vida todas las primaveras, después de haber pasado por la putrefacción en la Tierra.

Desde el punto de vista de la Alquimia espiritual existe una analogía entre la muerte de la semilla y su resurrección como planta, puesto que como ella el ser humano tiene la posibilidad de la regeneración si es capaz de abandonar su estado de ignorancia para renacer a la luz del Conocimiento.

Me reconforta recordar que la palabra “Museo” procede de Musa, y es verdad que un museo arqueológico puede ser verdaderamente el mejor templo para invocar a estas entidades y pedir a la madre de todas ellas, Mnemosine, que nos devuelva la memoria, y a sus hijas, que nos pongan en contacto con las energías celestes a través de sus artes, ya que estas disciplinas son las que nos pueden otorgar el impulso poético necesario para “traspasar las puertas de la percepción”.

Será por esta invocación, seguramente, que me viene a la memoria aquel acápite titulado “Arqueología”, que se encuentra en el módulo III del Programa Agartha, donde Federico González dice que visitar un museo arqueológico es, en cierto modo, recuperar el sentido de atemporalidad, y añade

“Un museo arqueológico es en verdad un discurso donde se expresa lo antiguo (éste es precisamente el significado etimológico de arqueología), término que no debe ser confundido con lo viejo y lo caduco; más bien se relaciona con todo aquello que es perenne y que refleja las ideas o arquetipos universales. En este sentido lo antiguo es perfectamente actual.”

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